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Tradiciones de mexico

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Los Reyes Magos

El pasaje del Evangelio que llegó a la Nueva España a través de los frailes españoles para la evangelización en la primera mitad del siglo XVI, que habla de que los Santos Reyes llegaron de Oriente siguiendo la estrella y como estudiosos de la ciencia llegan a Belén, donde encuentran al Niño Dios a quien le ofrecen sus regalos:

 Incienso al Dios

 Oro al Rey

 Mirra al Hombre


En México este acontecer se ha tomado para halagar a sus niños

Con maravillosa ilusión los chicos escriben su carta, en una hoja robada al cuaderno de tareas y con la plena convicción de que será leída. Al dejarla dentro de su zapato, la noche del 5 de enero, queda en ella toda la inocencia y esperanza de que son capaces. Esta fiesta tiene varios matices, es celebrada en todo el país y es una tradición que se resiste a desaparecer. El despertar de los niños del día 6 acontece más temprano que de costumbre, para encontrarse con esos juguetes creados para esta ocasión.

Esta tradición se va perdiendo en las ciudades, pero en la provincia y en los pueblos se conserva con ese espíritu de alegría y cariño por lo nuestro, y que no deberíamos dejar perder. A través de este día la fiesta tiene diferentes celebraciones, misas, peregrinaciones, danzas, etcétera; pero lo que es común a todos es la tradicional “rosca” que une a grandes y chicos con una ilusión más antes de terminar este día de sorpresas.

 
Comprar, hacer y comer “rosca” es costumbre privativa del Día de Reyes; este biscocho adornado con frutas cubiertas naranjas, acitrón, xoconoxtles, higos, puede variar el tamaño según el número de comensales; pero lo más característico de este sabroso pan, es que, en su interior se esconde uno y varios muñequitos que representan al Niño Dios y que antaño fueron hechos de porcelana, pero que en la actualidad han sido sustituidos por otros de plástico.

En fin, cada persona con cierta precaución parte su pedazo que suele saborearse con una tasa de chocolate; si el comensal se encuentra el muñequito, se compromete a ser el padrino y anfitrión en la fiesta de la Candelaria.

 

 

La Candelaria

La fiesta de la Candelaria se celebra el 2 de febrero; aún queda el olor a ramas de pino ya seco. La fiesta arranca de la antigua tradición hebrea de la purificación de toda mujer después de un parto que habla de que cuarenta días después del nacimiento de un hijo, la madre iba al templo, llevando un cordero o una paloma para sacrificarlos. Una vez consumado el sacrificio, la mujer quedaba limpia de su “impureza legal”, María, como era pobre llevó dos tórtolas.

 
En oriente y al principio también en occidente, la conmemoración más importante era la del encuentro de Jesús con Simeón y ya desde el siglo V se tienen noticias de la celebración en Palestina de este acontecimiento por medio de una procesión con velas o candelas.

En la Nueva España se continuó la tradición y costumbres religiosas. Los misioneros del siglo XVI transplantaron las conmemoraciones, inesperados en el texto de Simeón en ese llevan la “luz para iluminar a los gentiles”.

La tradición pasó de generación en generación, y de uno a otro país; al nuestro, también, y arraigó. Se buscan padrinos que acompañen el acto de la bendición del Niño. Queda así establecido el compadrazgo, un vínculo muy respetado durante los tres años de su duración. El primer año se lleva la imagen del Niño acostado, como lógicamente debió estar en su cuna. El segundo año los dueños de la imagen llevan a un Niño sentado. Y el tercer año el Niño en el que acuden a la iglesia, está paradito, puesto que se supone que ya puede caminar e incluso correr.

Cuando en esta fiesta se concurre a la iglesia con el Niño Jesús, se llevan velas o candelas que quedan encendidas en representación de la luz de la fe, en el lugar del donante, que, aunque ausente, desea significarse en aquellas luces.

Más no acaba allí la obligación de los padrinos. El siguiente paso es “vestir al Niño”. Por estas épocas es usual encontrar en mercados, tiendecillas y en algunos establecimientos donde venden artículos religiosos singulares letreros que rezan: “Se visten Niños Dios”. Porque no cualquiera puede ataviar estas imágenes, muchas veces diminutas. Manos hábiles en la aguja y el correr del hilo, cosen y bordan primorosamente estas prendas muchas veces la especialización recae en señoritas, ya mayores, por lo que ha surgido el dicho: “ya te quedaste para vestir santos”, mismo al que la ingeniosa réplica popular contesta con otro, el también muy conocido: “es mejor vestir santos que desvestir borrachos...”

 
En la creencia popular lo importante de esta fiesta, es haber nombrado como padrino o madrina a la persona que el día de Reyes, dentro de su pedazo de rosca encontró el muñequito; esto además de lo ya mencionado lo compromete a dar en esta fecha la merienda que consiste por lo general en tamales de dulce y chile, acompañados de champurrado. Y para apagar la sed una rica agua fresca hecha con naranjas, ciruelas pasas, cacahuates, betabel y jícama y para adornarla un poco de lechuga picada.

Con esta celebración terminan las fiestas de la Epifanía.

 

 

Semana Santa

 
Semana Santa o “Semana mayor” como se acostumbra nombrar, era tiempo y aún lo es para gran número de creyentes en que se descartaban paseos y fiestas, en que latía un espíritu de recogimiento, en el que no podían faltar los ejercicios espirituales o días de retiro; costumbres y prácticas que con el tiempo se han ido olvidando.

 La Semana Mayor empieza el Domingo de Ramos, que conmemora la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Es una constante curiosa entremezclar lo cristiano con algunas reminiscencias de sabor pagano por ejemplo colocar palmas, una vez benditas, en puertas y cabeceras de cama, para su protección. En algunos lugares se acostumbra intercalar ramos de romero, que, según se dice, alejan las tempestades.

El jueves Santo, día que se celebra la institución de la Sagrada Eucaristía durante el acto conocido como la “Ultima Cena”.

Viernes Santo, día de luto. Durante todo el día en los templos, los fieles rezan y todas las imágenes se han retirado del altar o han sido cubiertas, quedando exclusivamente la “Virgen”, a la que la gente acompaña en su dolor.

Las diversas procesiones que en este día se siguen verificando en distintos lugares del país, poseen una innegable reminiscencia de los pasos andaluces, al llevar en andas grandes esculturas que representan la crucifixión de Cristo con la cruz a cuestas y de su Madre en su advocación de la Virgen de la Soledad. IESVS NAZARENVS REX IVDAEORVM (INRI).

Antes, el Sábado Santo los festejos populares terminaban, alegres y estruendosos, con la guerra de los judas.

Durante todo el día, los vendedores ambulantes pregonaban su mercancía de figuras, un tanto surrealistas, de cartón pintando y provistas de hileras de cohetes que a veces se alternaban con golosinas y cigarros que se salían disparados por los aires, ocasionando que los espectadores se lanzaran a su captura.

Los grandes almacenes quemaban judas frente a sus establecimientos. Son pocos, actualmente, los que siguen esta costumbre, y el vendedor de judas es una figura popular más, que se va extinguiendo.

La culminación de la Semana Santa es el Domingo de Resurrección. Sonidos de campanas anuncian la fiesta más grande de la Iglesia: La Resurrección del Señor.

 

 

La Santa Cruz

El tres de mayo es la fiesta de la Santa Cruz; celebración antiquísima que tiene sus raíces en el hallazgo del madero en que muriera Cristo y que se según la historia ocurrió en el siglo Cuarto de nuestra Era.

La fiesta de la Santa cruz tiene mucho arraigo en todo México. En ocasiones podrán no vivirse algunas festividades, pero ésta, “llueva o truene” no deja de llevarse a cabo. En los altos edificios o en las más modestas construcciones, siempre en ese día se pueden observar todos aquellos preparativos que culminarán en la gran fiesta de la construcción.

 
Ingenieros, arquitectos, maestros de obra, peones “chalanes” y todos los que intervienen en esas obras hay fiesta. Al parecer, el festejo de la cuchara y la mezcla, se inicia desde los albores de la Colonia, en tiempos de fray Pedro de Gante. Había en la Nueva España y en lo que constituye el Centro Histórico de la Ciudad de México, una serie de iglesias y capillas dedicadas a la Santa Cruz, en el ámbito de lo que fueran Barrios muy populares.

Es pues fácil derivar de aquí la idea de que los abundantes albañiles o “trabajadores de obrajes” de la época, veneran con especial devoción a la Santa Cruz, ya que incluso algunos pertenecían a una cofradía que llevaba su nombre. Lo cierto es que el tres de mayo, los obreros de la construcción “tiran la casa por la ventana”. Actualmente casi se ha perdido todo vestigio religioso, restando el predominio de un festejo paganizado. De cualquier manera, es un hecho que los albañiles, en ese día lucen sus mejores galas.

Son ellos mismos los encargados de preparar la tradicional barbacoa. Para tal efecto, uno se encarga de comprar el borrego, y otros, de prepararla, mientras se cuece los animados albañiles instalan una improvisada mesa a base de tablones de cimbra. No falta un buen mantel que da realce a los folklóricos platillos que ahí se van a servir. En muchos lugares aún sale a relucir el “pulque” y los curados de frutas. Hoy, la mayor parte de los veces, el pulque se ve suplido por cerveza. Ambas bebidas, son las culpables de que la asistencia al trabajo del día siguiente se vea diezmado, ya que todos acaban bastante “alegres”.

En la mesa se pasan de lado a lado, los platos hondos de barro con salsa borracha, muy bien hecha con su chile tostado y molido, más sus ajitos, un buen chorro de pulque, cebolla picadita y queso rallado. Sobre la mesa, alteros de tortillas recién hechas y envueltas en servilletas. Al centro, una enorme cazuela de arroz.

No tardan en llegar los músicos y la animación llega al clímax. Al anochecer, los compadres se acompañan muy abrazados al hogar respectivo. Unos cuantos prefieren pasar la noche en la obra, haciéndole compañía al velador.

  

 

Corpus Christi



La fiesta del Corpus se remonta al siglo XIII. La instituyó para su diócesis, en 1242, el obispo de Lieja, pasa a la Nueva España, donde hasta la segunda mitad del siglo diecinueve la festejaban todas las autoridades civiles, militares y religiosas, participando, pero no obstante, quedaron firmes en el arraigo popular.

Es el pueblo quien, en muchas ocasiones sin saber a ciencia cierta el por qué, continúan sosteniendo las tradiciones, cumpliendo fielmente con cada rito y cada ceremonia; es razón suficiente el que sus antepasados lo hayan hecho para que perseveren en ellas.

Los prehispánicos en sus ritos paganos, llevaban ofrendas a sus dioses, para que les propiciaran buenas cosechas. Dentro de las celebraciones del cristianismo al que fueron convertidos quedaron y quedan ciertos elementos de sabor ancestral. Uno de ellos las ofrendas de flores y frutas llevadas a la iglesia, junto, incluso, con los instrumentos de labranza y hasta los animales de tiro, acercados allí para ser bendecidos. Las remotas costumbres suelen sobrevivir intactas o parciales. Las relativas al Jueves de Corpus, hoy han quedado reducidas casi solamente, a llevar a niñas y niños pequeños, ataviados como inditos, rememorando tal vez, a los indígenas que asistían al templo en esa fecha, para implorar ayuda para sí y sus animales.

Los pantaloncitos y la camisa bordada en brillantes colores, o las falditas bordadas acompañadas de un reboso, que van a ser el básico atuendo de los chiquitines, los diminutos huaraches y el complemento indispensable del pequeño huacal y el sombrero de petate, los niños pequeños van a quedar convertidos en graciosos inditos. Las niñas con sus trenzas restiradas y entretejidas con estambres convertidas en gentiles inditas, al cuello lucen sartas de collares, llevan en la mano frágiles jaulitas o canastas donde pían desconsolados pollitos recién nacidos, que, merced al ajetreo del día, apenas sobreviven.

Si esta fiesta en todos lados de México se ve iluminada con el colorido del folklore mencionado, cabe destacar el especial lucimiento que presenta la catedral metropolitana. El inmenso atrio acoge esa multitud de niños, fieles y curiosos que se arremolinan a las entradas, y al repique de campanas salen volando de las torres, bancadas de palomas.


Entre los múltiples vendedores ambulantes, destacan los de los puestos de mulitas, las hay de todos tamaños, la mayor parte con sus cuerpos y patas de carrizo; pero también hay mulitas de barro y de vidrio, con huacales rebosantes de estilizadas frutas. Son particularmente populares las mulitas miniatura, prodigio de curiosidad y paciencia, montadas sobre un alfiler. ¿Y cuál es el origen de estas simpáticas mulitas? Tal vez arranque del recuerdo de las jornadas de los arrieros, que transitaban con sus recuas por toda la República, llevando las más diferentes cargas en calidad de primicias, para entregar a sus parroquia; depositaban allí los costales de maíz o de chiles, o quizás algún rosado lechoncito. Y una vez cumplido su compromiso, recibían una especial bendición para sus futuras cosechas.

 

La Independencia


Forjar una nación no es pequeña ni corta empresa, requiere tiempo, suele cobrar pagos de dolor y sangre, pero al final va logrando su evolución y desarrollo. Septiembre es un mes que recuerda hombres y fechas, acciones e ideas que abrieron brecha al paso de nuestra nacionalidad e independencia. La historia, encierra episodios que nunca serán borrados.

Como parte del folklore nacional, en todo el territorio brotan las bengalas que con sus brillos iluminan alegres el cielo que envuelve a una de nuestras más importantes fiestas patrias. Brillantes chispas van cayendo a lo largo de este simbólico mes, que encienden con festejos pueblos y ciudades en todas sus calles principales, las cuales se engalanan con banderas, cadenas de papel o hileras de focos tricolores. Cuando es posible, los artesanos electricistas realizan, representando sobre fachadas de edificios públicos, símbolos patrios o incluso las propias figuras de los héroes nacionales.

La noche del 15, en zócalos y plazas de toda la ciudad, se forma un conglomerado lleno de animación, que toca cornetas de cartón, lanza serpentinas, confeti y luce exagerados sombreros de palma, rebozos y jorongos. Esta es una fiesta netamente popular para festejar “el Grito de Independencia”.

En la capital, la gran reunión se celebra en la Plaza de la Constitución a las once en punto de la noche se abre el balcón principal de Palacio Nacional, aparece el Presidente de la República, pronuncia las tradicionales y conmemorativas frases, inicia diciendo: “¡Mexicanos...!, y al final toca la histórica campanada, como lo hiciera el cura don Miguel Hidalgo y Costilla, en el pueblo de Dolores.

Acto seguido, comienza el rugido de la multitud, que clama a México, para luego, como un gigantesco coro se entona el himno nacional. A las voces se suma el repique a vuelo de las campanas de la catedral, el estallido de los cohetes, y el silbido de los castillos, toritos y toda clase de luces artificiales que inundan el cielo de la noche.

En la verbena popular no pueden faltar los clásicos puestos de antojitos: allí están los humeantes botes de elotes cocidos y tamales; los comales donde se fríen quesadillas, sopes y enchiladas; destacan en el menú, los imprescindibles chiles en nogada, con su típico aderezo tricolor del verde perejil, la blanca crema de nuez que los recubre, y los rojos granos de la granada.

Al clarear el nuevo día comienzan a distinguirse las siluetas de los barrenderos que tienen más trabajo que nunca, recogiendo de las calles los innumerables restos que fue dejando a su paso el regocijo popular. La multitud vuelve a reunirse, esta vez esparcida a los lados de las calles por donde va a pasar el “desfile militar”.

Se van sucediendo en interminable procesión, los destacamentos armados, la caballería, los tanques, los aviones de la fuerza aérea rasgando los aires, los marinos de vistosos uniformes, los cadetes del Colegio Militar y el heroico cuerpo de bomberos que siempre levanta a su paso entusiastas aplausos. Y mientras la gente disfruta el desfile, se ondean miles de banderitas y rehiletes

La parada militar empieza en el zócalo, frente a Palacio, desde donde lo contempla el Presidente de la República acompañado por los Secretarios de Estado y el Cuerpo Diplomático.

Lo último que queda en la retina del espectador de este festejo del 16 de septiembre, es la imagen de los charros que cierran el desfile, engalanados en su lucida vestimenta de botonadura de plata y sus hermosas sillas de cuero bordados en pita.

 

Día de Muertos

Luto y alegría, tragedia y diversión, sentimientos del mexicano que tiene miedo a morir, pero que a diferencia de otros pueblos, los refleja burlándose jugando y conviviendo con la muerte lo que ha dado lugar a diversas manifestaciones de arte, sin freno a la imaginación.

Los geniales grabados del maestro José Guadalupe Posada, que “reanima” a la muerte interpretando los sentimientos populares y convirtiendo en “calavera” lo mismo al presidente que al torero.

Año con año se acostumbra las también llamadas calaveras, versos en los que se ridiculiza a cualquier personaje vivo, de la política, de la ciencia o de las artes. La muerte es también tema de inspiración de canciones populares.

Esta fiesta en todas sus manifestaciones es más pagana que cristiana. El día 2 de noviembre es dedicado a los fieles difuntos por la Iglesia Católica y siendo los mexicanos casi en su totalidad creyentes, empiezan este día rezando por sus difuntos y acaban por brindar a su ¡salud!


Haciendo un poco de historia encontramos que se rinde culto a los muertos desde la época prehispánica; así vemos las ofrendas dejadas junto al difunto con todo lo que pudiera serle útil en su viaje para llegar al mundo de los muertos. Actualmente, as ofrendas son un rito respetuoso que se prepara para recordar a los que se han ido y que, según la creencia, regresan este día para gozar lo que en vida más disfrutaban, así, sobre una mesa se disponen platillos tradicionales: mole verde y rojo, calabaza en tacha, tamales, aguas frescas, todo esto lo adornan “calaveritas” de azúcar que llevan en su frente nuestros nombres.

Un papel muy importante en las ofrendas es el “pan de muertos”, que es un bizcocho adornado con formas de huesos hechos de la misma masa y espolvoreado con azúcar; resulta usual encontrarlos todo el mes de noviembre en las panaderías, las que por cierto están adornadas en estos días con pinturas efímeras en sus vidrieras y aparadores, otra expresión que no pasa inadvertida.

También el campo rinde culto a la muerte, pues en él se han sembrado multitud de semillas de flor de cempasúchil que florean para adornar las ofrendas; estas flores en jarros y floreros son imprescindibles y representativas de esta fecha.

No faltan los cirios encendidos en recuerdo de los ausentes y el copal quemándose en los sahumadores; esto es tan importante por la creencia de que son los aromas los que atraen el alma que vaga. La visita a los cementerios se hace una obligación. Toda la familia llega a la tumba de su ser querido, la llenan de flores y juntos comparten “su día de fiesta”.

 

La Virgen de Guadalupe


Es indiscutible que una de las más grandes fiestas celebradas en México es el día de la Virgen de Guadalupe. Se trata de una Virgen morena que en 1531 se aparece en el cerro del Tepeyac a un sencillo indito, Juan Diego, el más humilde de sus hijos, para convertirse en la Madre de una nueva raza: “los mexicanos”,

Desde el momento en que deja su imagen estampada en la burda tilma de ixtle, la fe y devoción por la Guadalupana se ha mantenido por casi 450 años. Ella y sólo Ella, logra acoger con absoluta “igualdad” a pobres y ricos, niños y ancianos, enfermos y sanos, todos van a postrarse ante sus pies el 12 de diciembre.

Por difíciles que hayan sido las épocas en México, nunca se ha cerrado su culto. Ella sirvió como estandarte al cura Hidalgo en los inicios de la Independencia. Ella, unifica criterios, es el punto básico de unión entre los mexicanos. Para honrarla y agradecerle los favores recibidos se hacen innumerables visitas a la “Villa”.

Todos los años desde los puntos más lejanos del país se organizan peregrinaciones; son interminables filas de personas que por carretera vienen caminando para ver a la “Virgencita”, a pagar una manda ofrecida, a entregarle sus tributos, a presentarle al más pequeño de la familia….

Ver llegar a esos miles de peregrinos, sangrantes los unos, agotados los más, pero henchidos por el más profundo amor, es conocer a un pueblo que se entrega sin medida y espontáneamente a esta devoción.

En su honor se han hecho y se hacen las más bellas reproducciones; pintores famosos, como gente del pueblo, crean esculturas y cuadros hechos con infinidad de materiales como tributo de su devoción.

Algo que se ha convertido como obligado de la visita a la Villa de Guadalupe es disfrutar de los antojitos que se venden en los puestos, tomarse una fotografía, averiguar la suerte con los “pajaritos” que sacan el papel de una caja y comprar estampas y novenas.

 

La Navidad


Dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes, pierdes el camino… Cántico que se empieza a oír por todos los rumbos y que nos despierta el sentido que algo importante va a suceder. Para los que nacimos en México sabemos que han comenzado las posadas que son la preparación para celebrar la Navidad. ¿Qué aspectos emergen de nuestra nacionalidad mestiza para prepararnos para la Navidad?

Posadas, pastorelas, villancicos, nacimientos, piñatas y flores de nochebuena, son aportaciones tan nuestras que ya hemos querido olvidar sus orígenes. Aquel teatro medieval donde nació la pastorela como representación popular lo tenemos aquí y ahora en nuestras plazas, con el diablo picaresco que sopla malas palabras a esos inocentes pastorcillos que cantando villancicos van anunciando la gloria del Nacimiento del Niño Dios.

Pero quizá lo que más nos atrae es la posada; es decir, llevar a los peregrinos recorriendo el patio de la vecindad entre súplicas y negativas coreadas por esos versos aprendidos desde siempre: En el nombre del Cielo, os pido posada, pues no puede andar, mi Esposa amada….

Después llega el momento de romper la piñata y se ha tendido la reata, a todo lo ancho del patio o la calle que sabe que su fin se acerca, pues fue creada para desaparecer. Entre bamboleos, jalones y tirones es apaleada por algún niño a ciegas, en ésta su efímera vida.

Según relataba Fray Juan de Grijalva, la olla revestida vistosamente representa a Satanás o al espíritu del mal que con su apariencia atrae a la humanidad. La colación encierra, los placeres desconocidos que ofrece el hombre para atraerlo a su reino. La persona vendada, representa a la fe que se encargará de destruir al espíritu maligno; cuando por fin llega el certero golpe, hay una explosión de júbilo por haber vencido. Todos quieren algo del premio, es decir, la fruta de la estación con la que estaba rellena que resulta ser el logro de una gran aventura.


Truenan cohetes, suenan silbatos y se encienden luces de Bengala semejantes a mil estrellas en las frías noches de invierno. Entonces se reparten jarritos con humeante ponche de tejocotes y cañas, sin olvidar repartir los “aguinaldos” canastitas de palma tejida llenas de colaciones; confites que sólo encontramos durante esta temporada.

Pero donde el arte popular acude como en tropel es en la creación de magníficos nacimientos. Durante la Colonia “el misterio”, es decir, las imágenes de Jesús, María y José eran esculturas europeas, privativas de iglesia y conventos. La gente quiso llevar a su casa las imágenes que representaban el Nacimiento, y desde entonces recurren a materiales nativos, barro, palma, cera, etc., para modelar a sus peregrinos, imprimiendo en ellos su propia identidad.

Y llega el 24 de diciembre, es decir, Nochebuena o vigilia de Navidad, motivo de unión para compartir al “buena nueva”; a las 12 de la noche se celebra en todas las Iglesias la Misa de Gallo. Terminando así una más de nuestras fiestas con la consabida frase por todos lados escuchada: ¡Feliz Navidad!

 

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